Hotel Monte da Lúa




La versatilidad del Algarve te brinda la oportunidad de vivir una escapada romántica de diferentes maneras y, a la vez, todas ellas únicas. Los contrastes de esta bonita región te permiten una aventura apasionada en un recóndito refugio rural, entre almendros y madroños; o porqué no en un hotel de lujo con un gran ventanal frente al mar. Una de las cosas que más nos gusta cuando viajamos al Algarve es perdernos por los caminos rurales, entrar y salir de pueblos por diferentes carreteras como si buscáramos en un gran laberinto la salida a no se sabe qué lugar. En uno de estos rallys campestres fue como dimos la primera vez con el hotel Monte de Lúa, casi en el preciso momento de dar marcha atrás con el coche en un camino de tierra que parecía no desembocar en ningún lado. 

Siempre nos acaba sorprendiendo algo en el Algarve y aquella vez  lo hacía un precioso hotel rural en medio, literalmente del campo, en ese triángulo 'mágico' que conforman Moncarapacho, Estoi y Olhão. Como dos indiscretos voyeurs allí estábamos los dos mirando detrás de una gran valla y atónitos por la ‘coquetería’ de aquel jardín. Desde aquel momento ya sabíamos que íbamos a volver.



No paso mucho tiempo, fue un fin de semana de septiembre cuando conseguimos habitación para Monte da Lúa. Entramos un viernes cuando todavía el sol relucía y si sorprendente nos pareció el jardín desde la valla, más nos gustó toda aquella hacienda por dentro, repleta de detalles curiosos por todo el jardín, empezando por una gran puerta de madera en medio de la nada, que marcaba de manera original, como casi todo en este hotelito, la entrada a este oasis del barrocal algarvio.




Nos recibieron en un cálido y divertido salón y también comedor; los dos únicos espacios comunes, junto con el jardín, que permiten la convivencia de los clientes y el encuentro con sus hospitalarios dueños y trabajadores. Me fascinó aquella terraza o alpendre chillout en su zona trasera, donde el sol al caer iluminaba los cristales de colores de lámparas y porta velas de corte marroquí.


Las habitaciones se situaban como especies de bungalows independientes en torno a una gran zona central de césped, donde tumbados en los sofás blancos estrenamos el fin de semana con una rica caipirinha y con el sonido de fondo de la naturaleza en el mágico momento de esconderse el sol.  





Si fuera en el jardín y en el salón todo eran colores, contrastes, mezcla de objetos y detalles, dentro en la habitación todo era armonía, simplicidad y un protagonismo total del blanco, que transmitía la serenidad que buscas después de una semana de mucho trabajo.


Una de los atractivos de Monte da Lúa para mi es su ubicación en un doble sentido. Por un lado, estás escondido del mundo; y por otro, a sólo un paso, estás en pleno corazón del Algarve, de ciudades llenas de vida, como Faro, Olhão, Loulé y casi pegado a esos encantadores pueblos rurales del Barrocal.





La primera de nuestras dos noches tomamos el aperitivo en la Posada de Estoi, ese magnífico palacio que te transporta a otro mundo, y para la cena elegimos en la carretera de Pechão hacia Olhão el restaurante Günther's , regentado por un cocinero belga que ofrece una curiosa y creativa cocina junto a su mujer en un bonito y romántico ambiente.



¡Qué espectacular es despertarse en Monte da Lúa! Con esa luz tenue atravesando las cortinas, sin ningún ruido en medio del campo, con olor a hierba y con un variado banquete en el comedor para desayunar.



Había un poco de todo servido en vajillas diferentes y con muchos colores. Recuerdo la mermelada casera junto con el queso y el bizcocho recién hecho para aquel desayuno en un encantador comedor, repleto de colorido y de objetos curiosos. 



Nos hicimos de rogar para abandonar aquella mañana el hotel y emprender alguna excursión, ¡se estaba tan bien en aquel jardín, ojeando libros y guías con el sol que empezaba asomar entre las nubes!



Al final, después de barajar varias opciones, tomamos rumbo a la playa de Faro, para hacer el sendero de Ludo. Un itinerario mágico que comienza justo al final de la pista de aterrizaje del aeropuerto y termina en el puente de Quinta do Lago, donde te ves obligado a pararte decenas de veces para fotografiar las aves y los bonitos paisajes que dibuja el final de la Ría Formosa.





Aquel día hubo un poco de todo, volvimos a Faro para conocer uno de sus nuevos espacios gourmet y acabamos esa tarde en la catedral de la ciudad, atraídos por multitud de niños que ese día vivían una emotiva ceremonia.



El caer de aquella tarde volvimos a vivirlo en Monte da Lúa. La verdad es que hay lugares que inspiran romances y este refugio es uno de ellos. No sé ni quién, ni por qué eligieron este nombre, el de 'Monte de la Luna', lo preguntaré cuando vuelva, pero lo que si se es que la luna tiene mucho que ver con el amor y, como reza el dicho, si no crecen, menguan. 



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