Vinos del Algarve



La inquietud creativa y el interés por promocionar la gastronomía de su tierra del chef Jorge Rodrigues del restaurante y wine bar ‘El Convento’ de Tavira, nos brindó una nueva oportunidad de catar los vinos del Algarve, algunos ya conocidos y apreciados,  y otros nuevos para nuestra paladar y también sorprendentes. 

La cita fue en un lugar muy especial, un antiguo convento con más de 500 años de historia, que ahora acoge un excelente restaurante y un hotel con mucha personalidad. Allí, nos atraía la convocatoria de una prueba de 20 vinos tintos, rosados y blancos con una selección de tapas.

                                     

¿Quién dijo que el vino del Algarve no era bueno?  Los españoles somos en general unos grandes desconocedores de la riqueza vinícola de esta región y de Portugal en general y, sin embargo, es el  sexto país productor del mundo y el primero cuanto a variedades de uvas, más de 500.

                                  

Nuestro conocimiento general se limita al popular rosado o al vino de presión en jarra tan famoso en la frontera. Sin embargo,  y para sorpresa de muchos, el Algarve tiene una tradición en la fabricación de vinos que se remonta a los fenicios.  Esta zona de Portugal, es una región vinícola demarcada desde 1980, con cuatro denominaciones de origen: Lagoa, Portimão, Tavira y Lagos.  De sus productores, unos 27, salen al año un millón de botellas de vinos, y más de 100.000 acaban descorchándose por  todo el mundo.  Además, muchas de sus 170 etiquetas han conseguido premios o reconocimientos en los más prestigiosos certámenes y listas de expertos.

                                

Las cifras pueden parecer sorprendentes, pero el verdadero asombro llega cuando comienzas a probar los vinos: a descubrir un amplio abanico de botellas con matices muy diferentes,  ligeros, poco alcohólicos, con aromas a frutos del verano. Hay tanta variedad y versatilidad, que difícilmente no puedes encontrar uno a tú medida. Así nos pasó a nosotros;  cada uno de los seis amigos que participamos en aquella experiencia en O Convento acabamos marcando como predilecto vinos distintos.  

                              

Eso sí,  de este muestreo, en el que cada uno participó según sus capacidades sin conseguir ninguno probarlos todos,  la denominación de Lagoa salió vencedora con la preferencia por Quinta do Barranco Longo en los blancos y en los rosados los de Malaca y Quinta dos Vales.

Mientras que en los tintos la distinción se la llevó la denominación de Portimão con Herdade de Pimenteis con la uva touriga nacional, un vino que entra muy bien, pero a la vez complejo en el paladar y con muchos aromas, estupendo para el queso y el chorizo asado en barro, que en aquellos momentos nos servían para acompañar.


Comenzamos catando los siete vinos tintos que se proponían: Lagoa Estagiado, Porches, QBL Aragonês, Pimenteis Touriga Nacional, Pimenteis Colheita Seleccionado, Alvor y Foral de Portimão.  Junto a los de la lista,  el sumiller nos propuso probar, Almundim, un vino nuevo con el nombre del rey moro de Silves, en cuya etiqueta no faltaba el sol del Algarve, los almendros y el famoso castillo.  Y no estaba mal aquella fabricación de uva autóctona. 

                            

De los rosados yo me lancé directamente a por uno de mis favoritos el de la bodega Quinta dos Vales de Estômbar, un vino con mucho cuerpo y un delicioso matiz dulzor al final en boca. Pero, cierto es que la mayoría prefirió el rosado de Malaca hecho con la uva tradicional de la región, la castelão, como su tino, que se siembra en los campos de Pêra, y que responde a un proyecto más de Luis Cabrita. Terminamos la cata con los blancos, siempre tan sugerentes en el sur, y nos enamoró el de Quinta do Barranco Longo. Un vino, tremendamente aromático, cremoso, que te seduce solo con un sorbo, y que demuestra como la uva chardonnay  está triunfando en la región.


La tarde fue deliciosa en todos los sentidos. Un día casi primaveral nos permitía disfrutar de una magnífica terraza cubierta de jazmines frente a la piscina del hotel, donde los niños hacían su particular proceso de inmersión lingüística jugando al escondite con nuevos amigos.


Entre copa y copa, el anfitrión nos proponía en pequeñas mesas junto al restaurante las particulares tapas algarvias: quesos, enchidos, patés y las deliciosas confituras caseras donde sobresalía la canela, la especia que da olor a las tardes algarvias. 

                          

                           

Era difícil no tener una sensación de felicidad en aquel momento, no sólo por los efectos del vino, sino también por el ambiente de aquel lugar, un antiguo convento del siglo XVI, el mayor edificio conventual del Algarve, de las hermanas de San Bernardo, que desde el siglo XIX adquiriría una vocación alimentaria como fábrica de masas y de pan.  Vocación que ahora se recupera con la apertura de uno de los restaurantes más interesantes de todo el Algarve, O Convento, que ha querido conservar en sus salas las antiguas máquinas de madera de molienda y masas, así como el ambiente del lugar con una decoración minimalista, en la que sólo resalta la arquitectura y herencia del propio edificio.

                          

                         

                          

Salimos de O Convento con ganas de volver pronto y disfrutar de su comida; con ganas de que pronto nos sorprenda con nuevas propuestas gastronómicas. Y mientras ya hacíamos planes para la vuelta a Tavira y esperábamos que se diluyeran los efectos del vinos antes de coger el coche, nos sorprendió un precioso atardecer sobre el río Gilão, un broche de mil colores y brillante para un gran día. 



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