Fábrica, la playa salvaje del Algarve





No hay nada como ponerle a una playa el apellido de salvaje para hacerla especialmente atractiva. Y es lógico. En el mundo actual acostumbrados a tantas masificaciones, quién no sueña con un lugar casi desértico, donde la mano del hombre no haya cambiado nada. El Algarve tiene estas playas, rinconcitos de su costa donde, aún en verano, la soledad es un regalo y uno de estos lugares es la playa del Sitio de Fábrica, en la península de Cacela, donde comienza el camino de la Ría Formosa. Un día aquí es realmente especial; no es extraño que un conocido político norteamericano haya fijado en este enclave su segunda casa.


Desde hace casi un año llevamos mi hijo pequeño y yo planeando nuestra pequeña aventura a su 'isla'. Él que tiene una fantasía disparatada imaginó una noche de fiesta en Cacela Velha, que aquella minúscula línea de tierra que había frente al mar era una isla desierta, como la de sus cuentos, que quería explorar algún día. Y llegó ese momento, uno de los primeros días del verano planeamos nuestra expedición: un día de descubrimiento, barcos, bocadillos y hasta marisqueo. 


La primera parada consistió en el avituallamiento de víveres para poder sobrevivir en aquella travesía. Hicimos una parada en el Pingo Doce de Vila Real de Santo António, visita obligada cuando andamos por aquí, y llenamos la mochila de pan, chorizo, bocadillos, zumos, agua y alguna que otra chuchería, un gasto de no más de 9 euros para asegurar la supervivencia de un caluroso día de playa. ¿Quien dijo que el dinero da la felicidad?



El puerto para tomar nuestro barco y llegar a nuestro destino estaba en el Sitio de Fábrica, una diminuta aldea de pescadores, a la que se llega por una estrecha carretera. que sale justo a la entrada de Cacela Velha. Fábrica tiene poco más de dos decenas de casas frente al principio de la Ría Formosa, donde la profundidad del agua es todavía muy escasa y, dependiendo de las mareas, puedes cruzar a la playa en algunos momentos andando o nadando. 


Bajamos hasta la ría misma y dejamos el coche en el aparcamiento público y gratuito, junto al bar y el único restaurante de la zona. Un lujo, porque es difícil muchas veces en verano aparcar tan cerca y tan fácil. 


Como la marea estaba alta y el calor era intenso, cogimos nada más dejar el coche un barco para cruzar hacia el mar. Una pequeña barcaza de motor, con sombrilla incluida, que por 1 euros te lleva justo al lado de la otra orilla, donde comienza la península de Cacela. 


Las vistas del paseo en barco son preciosas. El pequeño pueblo al fondo, dos grandes mansiones y al lado y, sobre un alto, la pintoresca y anciana Cacela Velha. 


Atraviesas una ría plagada de pequeñas embarcaciones, con una ambiente plácido, sereno, como si delante tuya tuvieras el más bonito de los cuadros marineros.


En pocos minutos, no creo que llegara a cinco, aunque tampoco nos hubiera importado un viaje más largo, habíamos cruzado aquella marisma, y estábamos bajando en un original punto de embarque frente a la playa. A partir de aquí, todo era, si cabe, aún más salvaje y natural.



Para no andar mucho, por el calor intenso de aquel día, montamos nuestro campamento en el punto más cercano, donde había algunas sombrillas de otros intrépidos aventureros que desembarcaron como nosotros aquel día en la isla. 


Con aquel mar delante nuestra, de aguas transparentes y azuladas, no hubo más remedio que postergar la excursión para darnos un baño, que se prolongó hasta la hora de la comida.


Reglón seguido del rico bocadillo y de las patatas fritas, llegó un largo paseo junto al mar con el propósito de alcanzar el final de una extensa playa, donde se divisaba Monte Gordo a un extremo y el Monte Figo al otro.



Con la bajada de la mar la playa se multiplicó y se hizo, si cabe, todavía más bonita, digna de la mejor portada de una revista de vacaciones. 


Empezó entonces el momento del marisqueo en la orilla, donde familias enteras llenaban bolsas y botellas de las sabrosas coquinas.



Y la ampliación de la playa con la bajada del mar propició también los juegos con las palas en la orilla, los castillos en la arena y las carreras con las olas en una tarde intensa, donde todavía nos quedaba mucho por hacer.



El calor había remitido y era buen momento de inspeccionar 'nuestra isla' por la orilla de la ría, donde mientras algunos practicaban el padel surf, los habitantes de lugar, como la señora Estela, se afanaban dentro del agua en sacar las ricas navajas y los berberechos, con una destreza innata que nos dejaba con la boca abierta.


En este momento de la tarde la ría empieza a perder profundidad y junto a los mariscadores empezaban a atravesar la ría a pie nuevos bañistas.


Bordeamos todo el perímetro de la ría para regresar a la playa por un gran y desértico arenal, recogiendo en nuestro paso palos, conchas y restos de embarcaciones de pesca, como si fueran pequeños tesoros. 


Ya en la playa nos esperaba una gran sorpresa para reponer fuerzas, la visita inesperada de una vendedora de bolinhas; porque hasta el paraíso también llegan las bolas de berlín.


Después de un día intenso tomamos el barco de vuelta, aunque el agua nos llegaba tan solo por la cadera y nos dejaba volver atravesando la ría, las bolsas, las toallas, la sombrilla y nuestros 'tesoros' de playa hacían pesada la vuelta andando como hacían otros intrépidos visitantes.



El regreso en barco nos brindó de nuevo estampas preciosas de la Ría Formosa al caer el sol e incluso una parada para hablar con los mariscadores; una gentileza de nuestro barquero que buscaba una casa de vacaciones para una familia que viajaba en nuestra embarcación. 


Después de un agradable viaje por la ría desembarcamos en Fábrica para darnos el lujo de tomar un helado mirando hacia el mar y viendo como la luna ya anunciaba su presencia sobre esa 'isla mágica y salvaje'. Era el punto y final de una día de playa diferente en la Ría Formosa. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario! Obrigado!