La playa de Monte Gordo




Si hay una animal que evoca vacaciones, playa, relax, viajes, ese es la gaviota. A pesar de su mala y falsa reputación, a mi me encanta su sonido, sus piruetas arriesgadas hacia el agua, su vuelo acrobático sobre la arena, por eso me gusta la playa de Monte Gordo.Ese extenso arenal, que parece haber sido colonizado por estas aves, y en el que reposan después de una dura jornada las embarcaciones de pesca tradicionales algarvias, los ‘golfinhos’, decorados con bonitos y llamativos colores. Detrás del fresco pescado que se desembarca en la arena misma acuden las gaviotas y también nosotros aquella mañana de sábado, en la que tuvimos el placer de disfrutar de un delicioso almuerzo en la Asociación de Pescadores, con la captura del día y con la charla divertida de uno de sus viejos lobos de mar.


Monte Gordo fue en el siglo XVIII, cuando los pescadores catalanes formaron aquí una colonia, el centro de pesca de la sardina y esta vocación marinera la sigue manteniendo, a pesar de que en los años sesenta empezara a conformarse como uno de los principales destinos turísticos del sur con sus altos hoteles y su atrayente casino.


Aunque esta localidad cercana a la desembocadura del Guadiana y perteneciente a Vila Real de Santo António es un importante centro turístico todo el año, el lugar sigue siendo un núcleo de marineros. En la misma playa, los pescadores han habilitado su propio puerto, entre las sombrillas de los turistas, arrastrando hasta aquí al final de la jornada las embarcaciones desde el mar a la propia arena coronadas por 'banderas' de todos los colores. 


Y después de una dura faena del mar, llega el momento de la reunión, de las cervezas entre colegas y amigos, del rico grelhado que se prepara en el restaurante de la Asociación de Pescadores de Monte Gordo, entre los almacenes de aperos de pesca. 



Un chiringuito frente a los barcos, del que me había hablado mi amigo Juan Toscano, y en el que entre los pescadores se mezclan los turistas ávidos de sol y buen comer. Un local que fuimos a conocer en una calurosa mañana de otoño con una luz mágica, como casi siempre en este rincón del Sotavento. 




El marco era inmejorable, una mesa sobre la arena misma, entre los aperos tendidos de los pescadores, desde la que éramos espectadores de las piruetas arriesgadas de las gaviotas junto a los barcos, mientras disfrutábamos de una Sagres bien fría, acompañada de las entradas servidas nada más sentarnos;  ese rico pan casero de la zona con aceitunas, paté de sardina y mantequilla.


La carta del restaurante es una rosario de platos de pescados, algunos tachados con lápiz por estar fuera de la temporada, como las sardinas o los carapaus (jureles). Sorprendía también un amplio apartado para la carne con sugerencias  de cerdo ibérico, pollo, secreto, pluma o incluso salchichas (todos los platos con ensalada, patata y unos precios que oscilan desde los 6 a los 12 euros).


Teníamos claro que en aquel lugar la elección tenía que estar entre la lista del pescado, sería imperdonable no pedirlo viendo como detrás de nosotros las furgonetas de las pescaderías más cercanas cargaban su mercancía. Y no perdíamos la vista de las grandes fuentes que se servían en las mesas colindantes.


El primer plato fue una sugerencia del día, un plato de acedías fritas, exquisitas, acompañadas de arroz guisado con tomate y laurel y ensalada (8 euros).


Completamos el menú con una 'mista' de pescado, tres piezas con ensalada y patata, donde el salmonete era espectacular (12 euros), y una maravillosa y contundente barriga de atún para la que volvimos a pedir arroz con tomate de acompañamiento (8,5 euros).


Y mientras saboreábamos aquellos platos, la comida se animaba con la conversación de António Bandeira.  Había cierto parecido físico entre nuestro parlanchín pescador y el actor español, con el que aseguraba mantener una relación familiar. Ya jubilado, el 'Banderas' de Monte Gordo fue un auténtico galán que enamoraba a las turistas vendiendo postales en su juventud; un buen futbolista que debutó en el Fútbol Club Boavista de Oporto y que vivió unos años en Berna. 


Sin embargo, su alma de pescador le llevó a abandonar tan intensa vida para volver a su tierra natal y seguir en el mar. Hoy jubilado, aquí sus hijos continúan su labor y espera que quizá también su nieto, mientras los espera cada día en el puerto y para matar el tiempo conversa entre cervezas y vinos con los turistas, a los que relata sus peripecias con un perfecto inglés. 


Después del café y de abonar la cuenta (52 euros para cuatro personas), las gaviotas seguían vigilando los barcos en una tarde preciosa que invitaba a un irrenunciable paseo por la orilla del mar. Y así lo hicimos. 


Desde la zona del puerto nos dirigimos hacia el oeste, a la playa conocida por algunos como de 'Adán y Eva', y no es de extrañar, porque es un auténtico paraíso de pinares y dunas, desierto en esta época del año.


Caminamos con los pies que entraban y salían en un agua realmente cálida para el otoño hasta alcanzar nuestro nuevo destino, la playa de O Cabeço y el restaurante Sem Espinhas, otro de los lujos del Algarve para comer un rico pescado, sus deliciosos arroces o disfrutar de una copa frente al mar.



En esta ocasión nuestra parada fue para una rica capirinha en la arena debajo de la sombrilla hasta ver bajar el sol y emprender el camino de vuelta. 



Son esos días mágicos del Algarve que no quieres que lleguen a acabarse, donde todo parece ser perfecto: el lugar, la comida, la temperatura, la música y la buena compañía.


Pero el tiempo no se para, la noche acabó llegando y la vuelta se hizo irremediable, no sin antes hacer la parada obligada cada vez que vistamos Monte Gordo por imperativo de mi hijo; una visita al restaurante japonés Osaka. Un local de culto para los amantes de la cocina oriental en la zona de la frontera, en el que el menú de almuerzo buffet a la carta cuesta 11,90 euros y la cena 14,90 euros.


Pero Osaka tiene además sushi para llevar, que te lo confeccionan allí mismo sobre la marcha, si no puedes quedarte a probar su cocina en su bonito salón.
                     

'Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees', dice precisamente un proverbio oriental. Y eso hicimos aquel día en Monte Gordo disfrutar de un lugar especial, ese que adoran las gaviotas. 

2 comentarios:

  1. Otra de las decepciones del verano!!!! Comimos caro y mal atendidos... Llegamos a la una y media de la tarde y pedimos bacalao y barriga de atún a la brasa y media botella de vino de la casa. Después de esperar 45 minutos nos trajeron los platos con el pescado carbonizado. El atún congelado ... De postre una tarta de naranja .Total 37, 50 €. No corresponde nada con la entrada de la página.Un fiasco !!!!!

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    1. Gracias por tu comentario! Lo contamos como lo vivimos! Y si las cosas cambian y no están a la altura, también hay que decirlo para que nadie más se sienta defraudado! Un saludo

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Gracias por tu comentario! Obrigado!