Odeleite, el Belén del Algarve




Hay lugares en los que representar el portal de Belén no resulta difícil. Pequeñas aldeas que parecen un retrato de la ciudad Palestina tal y como aparece en nuestros nacimientos, y ese es el caso de Odeleite. Una pequeña población escondida y desapercibida entre Castro Marim y Alcoutim. El contrapunto del Algarve turístico; un rincón único, donde el tiempo se detuvo hace muchas décadas para congelar las artes, los saberes y los sabores que el progreso acabó borrando en otros muchos lugares no muy lejanos.


Un conjunto de casitas blancas coronadas con bonitas chimeneas se apiñan al lado de un gran pantano en forma de dragón, donde bien podría haber construido su morada el mismo Herodes.


El pueblecito se levanta sobre un pequeño riachuelo, en el que es fácil imaginarse a las lavanderas frotando la ropa hace miles de años.


En los caminos que serpentean los campos de naranjos y almendros pudo aparecerse el ángel a los pastores de los pueblos colindantes de Alcarias, Fonte do Penedo, Foz de Odeleite, Montinho, Portela, Azinhal… para darles la buena noticia de que el Mesías había nacido no muy lejos de allí.


Pastores que celosamente guían y cuidan a las cabras propias de esta región, que se alimenta en los montes junto al Guadiana y que hacen del queso de cabra local una auténtica delicia para llevar de regalo al pesebre. 


Odeleite tiene en su fisonomía y en su esencia vocación de Belén, por eso los vecinos de este pueblo han asumido con entusiasmo la realización de un portal viviente, o ‘presépio’ como lo llaman en Portugal, donde participan desde los más pequeños hasta los más ancianos del pueblo.



Una joven pareja del lugar acude con su niño recién nacido para dar vida durante unos días a la escena biblíca más tierna: la del nacimiento de Jesucristo, donde no falta ni la mula, ni el buey, ni el burro que llevó a María hasta allí a punto de dar a luz.



Ni tampoco faltan las gallinas, ni el gallo, ni el pavo que se hace tan goloso en estas fechas.


Frente a ellos una rica candela, donde se cuece a fuego lento uno de esas sabrosas sopas portuguesas, como esa de fideos hechos a mano que puedes probar un poco más arriba en el restaurante Casa Merca.


Para completar la escena de este particular Belén están los pastores; la gente sencilla que quería Jesús.


En Odeleite, más que en ningún otro lugar, hay esa gente sencilla, hombres y mujeres con la piel de sus rostros y manos curtidas por el trabajo de recolectar en el campo, de amasar el pan, de tejer cestos y esteras, de hilar con el uso o con la rueda.



Los visitantes a este Portal tan genuino, sobre todo los más pequeños y también los mayores, se quedan sorprendidos de las habilidades de los habitantes de estas tierras, como muestran ‘dos expertos pastores’, al extraer de la planta de la pita una pequeña fibra con el que hacer resistentes cuerdas.


En Odeleite no vimos la estrella, pero, quizá, hasta aquí llegaron los tres Reyes Magos atraídos por el gallo pintoresco del campanario de su iglesia para postrarse, adorar al niño y ofrecerle los tesoros de la tierra: la almendra, la algarroba y los higos con los que endulzar su vida.


La Navidad, por alguna u otra razón, abre los corazones y estrecha las relaciones entre personas, incluso cuando las lenguas son diferentes. Y así ocurre en Odeleite, sus vecinos te acogen como uno más, te invitan a descubrir estos días su pueblo, sus tradiciones, su pan, sus licores, sus dulces. 



Odeleite representa estos días la humildad de aquella pequeña aldea donde nació Jesús y con ello también el sentido mismo de la Navidad: una nueva forma de amar y de vivir con respeto, gratitud y solidaridad; donde lo pequeño acaba siendo lo verdaderamente grande.


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