Playa da Marinha en Lagoa


La ruta de los Sete Vales Suspensos termina o empieza, según elijas la orientación de tu trayecto, en uno de los iconos fotográficos del Algarve: la Praia de Marinha.  Uno de esos lugares emblemáticos de la costa del sur de la península del que seguro más fotografías se han hecho. Y la verdad es que el lugar lo merece. Una cala inédita por el colorido que toman sus aguas, por sus rocas desafiantes desde el mar hacia el cielo, por el misterio de sus cuevas, por sus arcos perfectamente tallados en la roca. Este rinconcito del edén fue el punto y final de nuestra aventura senderista en Lagoa, un día maravilloso entre amigos.


Después de comer, y mucho, en Benagil y de asomarnos desde arriba a la ‘catedral’ del Algarve, continuamos el sendero hasta la última parada: la Praia de Marinha. Aquí habíamos dejado uno de los coches antes de comenzar la ruta para no tener que volver andando al punto de partida. 


Y no era, ni por ganas de recorrer de nuevo el sendero, ni por cansancio, sólo por aprovechar todavía más aquel día y poder realizar una visita a la Cooperativa Vinícola de Lagoa, situada en la salida misma de la localidad hacia Carvoeiro (el lugar se puede visitar de martes a sábado de 10.00 a 13.00 horas y de 14.00 a 18.00 horas).


De Benagil a Marinha hay un trayecto de poco menos de 30 minutos. Un camino que comienza por el filo de los acantilados y desde el que se divisan preciosas calas con acceso exclusivo sólo para las gaviotas y los barcos. Mini cruceros que hacen las delicias de los turistas con sus rutas por estas playas y los que te puedes subir desde la misma playa de Benagil.


El camino continúa siendo precioso, pero en la parte final, ya llegando a Marinha, adquiere cierta dificultad por la pendiente y la textura del terreno junto a varios algares. David recordó el día en que decidió volverse desde allí con los niños y el abuelo, preocupado por los efectos musculares de los resbalones en un día lluvioso.



 


Pero nosotros sorteamos el ‘peligro’ sin ninguna dificultad o lesión y atravesamos aquellas montañas moldeadas por la erosión, de color rojizo, llena de pliegues y rodeada de pinares. 


Pasando los algares, empieza a divisarse la cala de Marinha y la continuidad de la costa hacia Porches y, al fondo, la localidad pesquera de Armação de Pêra.  Esa zona  del litoral donde parte de la montaña se fragmentó y propició el surgimiento de diminutas y preciosas playas frente a islotes de piedras de diferentes formas y tamaño.


La luz del atardecer dejaba una panorámica realmente bella, oscura al oeste y radiante al este, todavía alumbrada por un gran foco solar que ya empezaba a esconderse en el horizonte.



A cada paso que dábamos, ya cada vez más cerca de nuestra meta, el aspecto de la playa cambiaba y mostraba otras perspectivas y nuevos rincones de su compleja orografía. Entre ellos, el más emblemático de la playa de Marina: sus dos arcos sobre el mar, que parecían prestados de un acueducto romano.



Siempre que alguien pregunta por una playa para visitar en el Algarve no dejo de recomendarle la de Marinha. Cuando estás aquí entiendes porque esta imagen de la costa fuera elegida para ilustrar la portada turística de una guía nacional de Portugal o que la famosa y reputada Michelín la incluya en sus vistas imprescindibles al viejo continente. La mires por donde la mires, es realmente impactante.






En el parque de meriendas,  que hay junto al aparcamiento de la playa dimos por finalizado el sendero de los Sete Vales Supensos, aquel que comenzamos cinco horas más tarde en la playa de Centeanes. 


Mientras los demás se preparaban para salir hacia la bodega en el coche no pude evitar escaparme para bajar por esa larga rampa de acceso a Marinha, que parece discurrir por un frondoso bosque, y que desemboca, después de unas escaleras, en la playa, más grande, más pequeña o con más espacio entre las rocas, según suba o baje la marea. 


La playa, a la que yo recomiendo en los últimos días de primavera o de primeros de verano, cuando el turismo no ha hecho su llegada de manera masiva, cuenta con todas las comodidades para echar un buen día: aparcamiento, servicios, un restaurante, vigilancia y un parque de meriendas. 


Un día para aventurarte a hacer snorkel debajo de sus aguas, donde dice que habitan más de 80 tipos de peces o invertebrados; para darte un baño reparador en este mar transparente; o para echar una siesta cobijado del viento por las rocas. 



La costa de Lagoa es sorprendente, así les pareció a Luz y José Antonio a los que se la descubrimos aquel día. Aquí, en esta parte del litoral, la naturaleza parece haber querido demostrar al hombre que tiene sus mismas o mejores habilidades arquitectónicas, que también ella puede construir bellos obeliscos, catedrales o arcos. ¡No dejen de visitarla!

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