Vila Monte, un hotel con alma algarvia

HOTELES



Dicen que una de las tendencias más fuerte de la decoración en la última década es el boho-chic y yo, hasta ahora, sin tener conciencia de ello. Las pautas del nuevo estilo en cuestión las acabo de descubrir en uno de los hoteles más entrañable y especiales para nosotros de todo el Algarve, el Vila Monte, ubicado en la localidad de Moncarapacho, que califica así el resultado de su renovación. Después de algunos años, hemos vuelto para conocer su metamorfosis, la original filosofía que inspira su nuevo concepto y los atrayentes sabores de su restaurante ‘À Terra’. La verdad es que el resultado ha superado nuestras expectativas. Conclusión: Vila Monte es un hotel con alma, con alma algarvia.

Creo que, al igual que nosotros, una gran mayoría de turistas cuando busca un hotel ya no se conforma con el ofrecimiento de una buena cama, va detrás de algo más, de carácter, de inspiración, de singularidad, de llevarse, en lugar del bote de gel, algún recuerdo especial de su estancia. En el Algarve empiezan a imponerse este tipo de establecimientos hoteleros que no sólo consiguen romper con el modelo tradicional, sino que añaden un plus de elegancia, de experiencias, de especial hospitalidad. Uno de ellos es Vila Monte.




Muy cerca de la salida de Olhão de la autovía do Infante, en la carretera que lleva hasta el pequeño pueblo de Moncarpacho está escondido el hotel Vila Monte. Es un paraje recóndito del Algarve bullicioso, un hotel disimulado entre unos preciosos jardines de árboles y arbustos autóctonos, que pretende, lo que consigue, pasar desapercibido y ofrecer un marco de desconexión en un entorno rural desconocido para la mayoría. 



La primera vez que estuvimos aquí de vacaciones, el hotel tenía un aspecto morisco, simulaba un bonito riad, con sillones tapizados en telas árabes, con faroles de hierro marroquí en el entorno de la piscina y con un spa que bien podría haber sido el escenario de alguno de los relatos de ‘Las mil y una noches’.


Aquella vez nos dieron la bienvenida en la recepción con un sabroso té, del que todavía recuerdo su intenso sabor a canela y naranja. Y la costumbre la siguen manteniendo por aquí, aunque al té se suman las aguas aromatizadas, los zumos naturales y las galletas de la casa. 



Aunque el entorno, los jardines y las estancias siguen siendo las mismas, la decoración y la filosofía del hotel ha cambiado y también su nombre, al que han añadido el vocablo ‘Farmhouse’, o lo que es lo mismo, casa de campo, y por eso no le podía faltar su propio huerto.


Vila Monte se presenta ahora precisamente como un hotel que recrea el espíritu de la vida en el campo, que deja constancia en sus instalaciones de sus modos de trabajo, de sus costumbres, de sus sabores. Pero eso sí, con una estética muy lejana a lo rústico o a lo campestre que estamos acostumbrados.




Nada más entrar en el hotel ya te quedas con la boca abierta. Se trata de una gran estancia circular, donde predomina el blanco en las paredes, en los muebles, en las viejas ramas de árboles, que se transforman en lámparas, y en el suelo, salpicado por unas manchas que simulan las piedras. Un blanco roto por el marrón de los troncos de leña que se apilan en una pared junto a la puerta y que alimenta una gran chimenea cilíndrica que preside la sala y que consigue ese olor entrañable a hogar en el campo. 



Vila Monte tiene sin duda alguna el lobby más acogedor y singular del Algarve. Una recepción que incluye también una tienda gourmet, una ‘mercearia’ con los productos más exquisitos y prestigioso de la región: aceites, jabones, cestos, conservas, flor de sal…


No hay ni un solo rincón de la sala que no tenga un detalle llamativo, auténtico, encantador…



La entrada se integra además con el restaurante Á Terra, a través de una gran cristalera que deja ver el trasiego de las cocinas; el ajetreo incesante de los cocineros en los fogones, cortando las verduras, amasando el pan, montando los platos…



El hall y el restaurante se amplían con bonito porche que sirve de acceso a un esplendoroso jardín en el que se reparten las más de 50 habitaciones. 



Los colores albero y terracota de hace años se han sustituido también por el blanco inmaculado, tanto en sus habitaciones como en los jardines, por donde se distribuyen distintos espacio para el relax y la diversión de sus huéspedes, incluido un rincón reservado al chef para ofrecer clases de cocina después de visitar y comprar en el Mercado de Olhão.




El encalado de las paredes, los jardines de plantas aromáticas, los alpendres, la alberca, el empedrado; todo reproduce y simula el ambiente sano, natural y afectivo de las casas de campo algarvias.




La mayoría de las habitaciones están repartidas en torno a uno patio de naranjos, presidido por una gran candela durante las noches, donde en el fondo se mantienen las instalaciones del antiguo restaurante Orangerie, hoy convertido en el Laranjal.  Aquí es donde se sirven los desayunos y las cenas de junio a octubre y desde su terraza hay una de las vistas más bonitas del barrocal algarvio hacia un lado y de la Ría Formosa hacia otro. 




Vila Monte se presenta como un hotel de experiencias y, precisamente para cumplir con este propósito, sus instalaciones están llenas de escondites para vivirlas. Experiencias como cine de verano en sus jardines, talleres de cocina, picnics, paseos en bicicletas, tratamientos de bienestar, yoga, actividades de artesanía...


De las propuestas a sus huéspedes, que son muchas, sobresalen las gastronómicas. Ofertas irresistibles como las degustaciones de vinos y tapas o la visita a los viveros de la Ría Formosa para luego disfrutar de unas ostras maravillosas aderezadas con salicornia.


Vila Monte puede presumir de acoger en sus instalaciones a uno de los mejores restaurantes de la región, À Terra. Precisamente, volvimos al hotel para conocer la cocina de su restaurante la noche que se cerraba la Algarve Chefs Week, una semana donde los restaurantes de los hoteles de lujo algarvio ofrecen un menú degustación. La propuesta de À Terra era muy sugerente e incluía un sorprendente ceviche, un rico gazpacho de cerezas, un pulpo excepcional a dos tiempos y un lomo de cerdo a baja temperatura con un sabroso acompañamiento de habas con culantro.


El restaurante se califica como ‘comida casera’, pero la denominación se queda corta. Es cierto que los ingredientes utilizados en sus platos son básicamente los de casa, lo que se siembran y recogen en su huerto; hasta el agua se extrae de un manantial propio y se envasa aquí. Y también es cierto que hay una extrema complicidad con el recetario tradicional algarvio. Pero hay más, mucho más...




À Terra es el exponente de una comida selecta, de perfecta ejecución, espectacular por sus matices de sabores, brillante en su presentación y acompañada de un buen servicio. El olfato pocas veces falla cuando se trata de las cosas del comer; y cuando aquella noche entramos en aquel restaurante olía a rico, muy rico. 




El comedor rompe también estereotipos en su decoración, consiguiendo que la simplicidad de sus muebles de madera y ratán, la vanguardia de las lámparas, la calidez de su luz natural, junto con una vajilla propia rotulada con su nombre, confiera al salón una estética chic y muy agradable.



La verdad es que el aspecto del restaurante es muy similar a su gemelo, el del hotel Praia Verde, y también en ambos el horno de leña protagoniza la elaboración de los platos con verduras y frutas de temporada, que se transforman en excelentes guarniciones de los asados o en la base de sorprendentes helados. 




El menú de aquel día fue un carrusel de agradables sorpresas y deliciosos sabores desde el principio, con su interesante versión de las entradas algarvias, y hasta el final con dos magistrales postres, uno de piña de las Azores asada y con coco y otro de chocolate con praliné de frambuesa.




Redescubrimos un Vila Monte diferente, pero igual de cautivador, un Vila Monte a modo algarvio. Un Vila Monte que se presenta como un elogio a la vida natural y a los cuatro elementos de la naturaleza: el fuego, la tierra, el aire y el agua, al que se une la 'quintaesencia aristotélica', las estrellas de un precioso cielo, que se contemplan desde el césped de sus jardines.



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