La playa de Barra Nova



Carlos, el sobrino de Eloisa, ya tiene su gran aventura del verano y, como él, también nosotros. Una escapada a una de las pocas playas desiertas en el mes de agosto en el Algarve, donde nos divertimos nadando contra corriente, bañándonos en un lago escondido, cogiendo preciosas conchas en una playa desierta,  de la que casi no podemos regresar. Hay días que no se olvidan y para Carlos este va a ser uno de ellos, nuestro viaje a Barra Nova y su particular aventura a lo Orzonwei.




Aunque hay playas donde en agosto sea difícil colocar la sombrilla, el Algarve sigue siendo un destino para huir de los agobios veraniegos, para tumbarte en arenales desiertos y sumergirte junto con los peces en aguas transparente. Uno de esos lugares es la playa de la Ría Formosa ubicadas al este de Fuseta, junto al canal de Barra Nova, la puerta hacia el mar desde esta localidad algarvia.



El hecho de que no exista una línea regular de transporte, sólo un servicio de taxi desde el puerto de Fuseta, hacen que este enclave de la Ría Formosa siga siendo un lugar poco frecuentado y desde luego solitario en la mayoría de sus tramos. Y aquel sábado de agosto buscábamos eso; huir de  masificaciones, tumbarnos en algún rincón perdido y vivir nuevas emociones.





Llegamos a Fuseta tras un divertido y movidito almuerzo compartido con los integrantes de la XIX Expedición de Caiaques de Mar na Ria Formosa en la marisquería Fialho, en la aldea tavirense de Pinheiro. Una comida de convivencia que esperamos repetir el próximo año.


Desde allí intentamos sin éxito encontrar algún medio náutico para cruzar a la playa de Barra Velha desde la Torre de Aires. No pudo ser, desde aquí si no hay amigos con barcos, no hay crucero hasta la otra orilla, nos dejaron claro desde el restaurante.



Teníamos tantas ganas de pasar al otro lado, que lo solucionamos yendo a Fuseta y cogiendo uno de los barcos de la empresa Passeios Ria Formosa que te lleva hacia Barra Nova, la vecina playa de Barra Velha, a un precio de 5 euros por persona ida y vuelta.


Cuando compras el billete, ya dejas acordado en la taquilla la hora a la que quieres que el barco vuelva a recogerte de la isla, siempre antes de las 8. Fijamos la vuelta a las 19.30, pero tanto a la empresa como a nosotros se nos pasó por alto un pequeño detalle que marcaría el desenlace de este día; la bajamar de la luna nueva de agosto.



Barra Nova es una playa maravillosa; una lengüeta de arena fina,  con el mar de frente y la Ría Formosa a la espalda, que se va ensanchando en el fondo, donde se conforma un gran y sorprendente lago, una piscina natural de agua transparente, que hace todavía más especial el lugar, sobre todo para los niños.




Arribamos en la playa cuando se iniciaba la bajamar. Los visitantes estaban concentrados en el extremo más estrecho de la playa, a uno pasos del mar y a los mismos de la ría. 


En aquel momento, la Ría Formosa era un auténtico parque de atracciones, donde algunos se tiraban de cabeza desde las altas dunas, otros atravesaban el agua para conquistar las islas de arena que se formaban en el centro; algunos, como Carlos y David, se dejaban arrastrar por las corrientes del agua con precaución; y Lucia y yo nos anclábamos en las zonas más bajas de la ría, donde la bajada del agua actuaba como un jacuzzi natural.



Cuanto más te alejabas paseando del extremo de la playa más solitario era el arenal, en algunos tramos sólo ocupados por grupos de gaviota reposando bajo el sol. 


Junto a ellas descubrimos un gran lago en medio de aquella isla, una preciosa piscina para nosotros solos. 


El mar se iba retirando poco a poco, desvelando el fondo marino y dejando paso a una playa descomunal, gigante, donde los bancos de arenas propiciaban isletas y piscinas.



En playas así los baños se convierten en una adicción, nunca quieres salir de este mar juguetón. 



El sol se iba apagando y era hora de irse, mala hora, porque el agua había descendido tanto que los barcos no podían realizar el trayecto entero de vuelta a Fuseta, el regreso se complicaba. 


Llegó entonces el momento más emocionante de la aventura. La bajamar había dejado al descubierto la barra nova íntegramente, un islote de arena que permitía cruzar a pie desde el extremo de la playa de Fuseta a Barra Nova.



Me acordé de Chartlon Heston, en esa película de todas las Semanas Santas de mi infancia, abriendo los brazos y haciendo que el mar Rojo se partiera en dos. El canal de Fuseta podría haber sido el escenario elegido para la última versión de Ridley Scott.



Con risas y nervios por aquella aventura, con los pies mojados hundiéndose en la arena y con la música de fondo de la Festa da Ria, que a esas horas ya empezaba en el pueblo de Fuesta, fuimos recorriendo aquella isla desierta de dunas. El suelo parecía esas dunas fotografiadas en Marte, alumbradas por un sol radiante y rojizo que se multiplicaba en el horizonte. 



Un día como aquel tenía que terminar como esperábamos, con más emociones nuevas para Carlos y para todos, en aquella ocasión con una subida de adrenalina por aquel trepidante y veloz viaje en la zodiac que nos dejó en el embarcadero de Fuseta, casi sentados en las mesas de aquel kiosco de madera, donde un botellín de Sagres nos calmó la sed de aventura, al menor por ese día.


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