La taberna Cavaco de Odeleite





Pocos lugares son tan inspiradores como una taberna; o al menos así me lo parece, quizá porque la literatura me ha llevado a mitificar uno de los espacios más castizos de la Península Ibérica. Las tabernas son ese lugar de encuentro del pueblo, un refugio para muchos; un hogar para otros; una evasión para unos cuantos y un fuente de inspiración para algunos. Lo cierto es que, en los pueblos y aldeas, la 'instrahistoria' se gesta en sus tabernas, aquí está la fuente de conocimiento de su vida tradicional. Por eso, si tienes curiosidad sobre la identidad de los pueblos algarvios, los más cercanos al Guadiana, no puedes dejar de conocer la Taberna de Cavaco en Odeleite.



Creo que se me ve el plumero con Odeleite, pero qué le vamos a hacer, es una aldea que me atrapa, a la que nunca me canso de volver. Todo es tan auténtico, el ambiente es tan relajado, los olores son tan puro, la naturaleza es tan espectacular y su gente tan sana, que la visita siempre resulta adorable y siempre encuentro algún rincón que me parece único.




La aldea de Castro Marim tiene muchos motivos para justificar; algunos ya los hemos descubierto: la mítica Casa de Odeleite, las magníficas cocinas caseras de sus tres restaurantes, el Mercadino na Aldeia del primer domingo de mes o su red de senderos, que van atravesando el pueblo y descubriendo a los caminantes sus estampas más pintorescas.




Ahora vamos a darte una razón más para acercarte a Odeleite: la Taberna de Cavaco, un local único en todo el Algarve, y posiblemente en Portugal. Entrar aquí es viajar en el tiempo, saltar medio siglo atrás.




Muy cerca de la casa museo de Odeleite, en la misma calle que desemboca en la iglesia, dos esquinas más abajo, está la Taberna de Cavaco. El negocio que regenta António Cavaco Santos y su mujer. 





Él se encarga de despachar los vinos, los vasitos de Porto, la cerveza o el tabaco. Ella de atender una tienda en la que la ropa y el calzado comparten estanterías con las patatas fritas o el detergente, aquí hay de todo un poco para abastecer a los vecinos. El comercio, al que ahora hace competencia un mini mercado casi enfrente, es auténticamente vintage, de los que ya van quedando pocos.




Pero, lo especial de esta taberna no es en sí la actividad, sino el ambiente y el personaje que lo regenta. El edifico que alberga ambos negocios es en sí llamativo, una diminuta casa, que desde fuera parece salida de un cuento. Pequeña, encalada, con los desconchones de la humedad, pero adornada con multitud de macetas de flores en equilibrio sobre el porche y de plantas que siembra António con el deseo de encontrar frutos medicinales para curar las dolencias de la edad, qué ya no perdona.




Tras el minúsculo porche está la taberna, un habitáculo que solo tiene cabida para una pequeña barra, dos mesas en el fondo y seis sillas, idénticas a las de mi escuela. Sobre ellos, decorando el lugar, una mezcla de objetos sin ton ni son, quizá algunos extraños e irreconocibles para mis hijos, pero con una carga sentimental para su dueño.




Como la foto desteñida colgada en la pared de dos grandes amigos alemanes, uno de ellos ya fallecido, que descubrieron y se enamoraron de esta parte del Algarve, y que encontraron en esta taberna una segunda casa y un buen amigo. 




La atmósfera puede resultarte extravagante, original, trasnochada o genuina, pero te aseguro que lo realmente cautivador son las historias y las conversaciones de su dueño. António te está esperando detrás de la barra para conquistar tu simpatía con su sabidurías y sus aventuras.



Se percibe que fue apuesto, un galán en su juventud, y un joven intrépido que huyó del pueblo buscando un trabajo mejor hasta Francia, atravesando España. Él prefirió la recogida de la remolacha gala a la siega del Alentejo y allí en el norte de Francia, donde pagaban mucho mejor, conoció los secretos de la Segunda Guerra Mundial.




Mientras nos sirve una cerveza, nos habla de su amigo español Hipólito que venía a cazar conejos por aquí; del boom que supuso para el pueblo la construcción del pantano, que llenaba de animación todos los días la taberna; de las nuevas plantas curativas que acaba de sembrar; de los espárragos tan prolíficos en esta tierras y tan rehusados por los portugueses. 





Estábamos tan a gusto aquí que no había prisa por apurar las cervezas (0,65 céntimos), pero António tenía en la mesa esperando desde hace rato un 'jantarinho', un guiso de cerdo con hierbabuena y pasta, propio de esta tierras y del Alentejo, y, antes de que se enfriará el plato, mientras se servía el vino imperdonable, nos despedimos prometiendo volver. Hay lugares que hacen que tu viaje sea inolvidable, que regreses con lecciones de vida, y este es uno de ellos; y lo es, además, porque cuando desaparezca se perderá con ello el nexo de unión con un tiempo y un modo de vida que a la mayoría nos parece muy lejano. 




La despedida fue con António, pero no con Odeleite, continuamos un rato más paseando por sus calles, haciendo hora para que estuviera lista la olla en Casa Merca, no fue  un jantarinho, pero si un rico, humeante y abundante cocido algarvio, que aquí siempre sabe a gloria.




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