Palacio Pousada de Estoi




¿Quién no ha querido alguna vez dormir en un Palacio? ¿Despertarse y tomar café en un majestuoso salón y recibir el día en sus esplendorosos jardines? No hay que poseer ni un título nobiliario, ni una inmensa fortuna para hacerlo, también el Algarve te brinda esta experiencia de cuento en la Posada del Palacio de Estoi. Hoy te contamos la nuestra.

Siempre que alguien nos pide sugerencias en el Algarve, en la lista, que es extensa, no puede faltar el Palacio de Estoi, aunque sea para tomar un rico café en sus salones o una copa de vino en esos indescriptibles atardeceres de primavera y verano en sus terrazas. 


Estoi es un pequeño pueblo situado a medio camino entre Faro y São Brás de Alportel. Pequeño pero lleno de cosas interesantes. No sólo está el Palacio y sus preciosos jardines, también la ruinas romanas de Milreu, con restos desde el siglo I y donde se conserva una gran vivienda romana, en la que dicen que habitó el gobernador romano de la Ossonoba. 


Otro foco de atracción es el mercadillo que se celebra el segundo domingo del mes, uno de los mayores de la región.


Y a ello puedes sumar el encanto en sí del pueblo, presidido por su Iglesia, en torno a la cual se sitúan las casas y mansiones de antiguas y adineradas familias que eligieron este lugar para vivir.


Hasta ahora conocíamos todo eso, pero no habíamos vivido la experiencia de dormir en el Palacio, hoy integrado en la red de Posadas de Portugal, y de pasar así un fin de semana conviviendo con los lugareños, disfrutando de un pueblo ‘auténtico y típico’ en sus casas, calles, recoletas plazoletas y rincones, donde se escucha el agua correr de su fuente en el silencio de la noche.


Llegamos al Palacio por la estrecha calle que recorre sus jardines, al atardecer con un paisaje privilegiado, cientos de almendros en flor, que extendían un manto blanco por los campos colindantes. No es extraño que la princesa Gilda recordara la nieve en el Algarve ante este espectáculo natural anterior a la primavera.


La calle que lleva a la Posada, donde están los aparcamientos, nos recuerda quien fue el responsable de esta gran mansión, un caballero de armas oriundo de Tavira, Fco Carvalhal e Vasconcelos, que tras la muerte de su padre heredó una gran Quinta en Estoi, en la que quiso reproducir el Palacio de Queluz con jardines a la francesa y decoración a la italiana.  Un ejemplo en toda regla de la arquitectura Rococó nacida en París por aquel tiempo.




Entonces corría el año 1782 y para tal ambicioso proyecto el caballero de armas contó con la participación de un arquitecto real, gracias a la amistad de su mujer con la reina. El Palacio, que acabó siendo conocido como ‘el Jardim’, acogió grandes fiestas, entre ellas, una para el gobernador francés en la época de la invasión napoleónica, que acabaría pasando factura a la propiedad, una vez que los franceses abandonaron la península. 


El declive de la primera familia propietaria llevo a la deriva a tan bonita construcción, que compraría a finales del siglo XIX José Francisco da Silva, un rico estoiense que de pequeño había jugado en sus jardines. El nuevo propietario empleó su fortuna y esfuerzo en recuperar el Palacio, que reinauguró con una grandiosa fiesta los primeros días de mayo de 1909 con motivo de la festividad más típica de este pueblo, la Festa da Pinha, que se continúa celebrando. Por todo ello, la realeza premió a da Silva con el título de Vizconde de Estoi. 


Aunque en la puerta misma de la recepción te parezca sorprendente el edificio, con la torre rosada de su capilla despuntando al cielo, no es nada para lo que te espera dentro. La recepción, con un diseño totalmente moderno, sirve de integración de las dos grandes alas contrapuestas de este hotel. A la derecha, los ascensores y escaleras bajan a las habitaciones, el mini gimnasio, pequeña piscina cubierta y el spa, con salida a una preciosa piscina exterior.



Un amable trabajador de la Posada nos acompañó hasta nuestra habitación por largos pasillos, donde se mezclan ordenadores con alguna pieza aislada del mobiliario original del palacio y fotos del proceso de restauración. 



Los dormitorios son grandes estancias donde prima el confort en todos sus elementos, con una gran terraza abierta al campo y hacia el pueblo, donde es un lujo despertarse o despedir el día. 




Si en el ala derecha triunfa el minimalismo, el ala izquierda es un compendio de elementos rococó y barroco. Aquí se concentran las dependencias del Palacio original, la capilla, dos grandes salones, la cocina y el acceso al jardín, una recreación del ‘paraíso’.


El jardín es el Versalles del Algarve, con naranjas, palmeras, fuentes, estatuas,  terrazas con balaustradas, pérgolas,  mosaicos de azulejos y estatuas. Nos cuentan que dos de las esculturas femeninas originales que había en el jardín fueron robadas, y en el proceso de restauración se colocaron dos réplicas.


Es majestuosa la imagen de esa gran fachada estucada en color rosado con los jardines a sus pies, conformado con un laberinto de caminos que te llevan a rincones sorprendentes, donde evadirte del mundo. ¡No es de extrañar que sean de interés público!



Los dos salones son otras de sus joyas, en estas estancias se quiso reproducir la decoración del Palacio Vale Flor de Lisboa en su primera restauración por el Vizconde.  



Te sientes realmente especial, como debía hacerlo el vizconde tomando el café aquí y mirando sus techos pintados, el artesonado, las grandes lámparas. Las vistas además desde sus ventanas y balcones a Faro son de impresión.



Casi enfrente de los salones está el comedor, al que se entra por la antigua cocina que conserva parte de la fisonomía de sus fogones, rodeados de preciosos azulejos.  



En este ambiente se sirve cada mañana el café, bizcochos recién hechos, confituras caseras, zumos de naranjas, panes de la zona, ¡qué lujo desayunar en Palacio!, aunque también puedes disfrutar de la cena de un auténtico marqués.


Si al entrar en el Palacio siempre te da la sensación de vivir algo especial, ni que decir tiene que dormir en sus estancias, comer en sus salones y pasear por sus jardines es una experiencia inolvidable, al menos lo fue para nosotros. José Saramago también llevaba razón cuando propuso que quien no tuviera ideas muy definidas de un palacio, mirara el jardín de Estoi.


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