Playa de Carvalho





En el faro de Carvoeiro comenzamos nuestro segundo tramo del sendero de los Sete Vales Suspensos, camino de una de esas playas que todavía son secretas en el Algarve para muchos: la playa de Carvalho. Una cala a los pies de un vertiginoso acantilado, presidida por un obelisco natural sobre el Atlántico y a la que tienes que descender por un túnel abierto en la misma roca. Dijo mi padre cuando la visitó que las laderas ocres de aquella playa esculpidas por la erosión le recordaban a la misma Petra. Quizá fuese desorbitada y atrevida aquella espontánea comparación con la octava maravilla del mundo, como aseguraba mi amiga Mayo, pero lo cierto es que Carvalho no deja de ser una maravilla de la naturaleza, eso sí, su posición en el ranking queda a gusto de cada cual.


En la carretera de acceso al Faro de Alfanzina se encuentra otra de las entradas o salidas a la ruta de los Sete Vales Suspensos. Junto a la misma puerta del faro y de una urbanización de chalets, otro cartel señala la continuidad del sendero por un camino que te adentra en un auténtico y frondoso bosque mediterráneo, donde sobresalen los pinos.



El paisaje cambia un poco, la vegetación coge fuerza y parece más selvática en las laderas de los acantilados junto a hermosas calas de agua intensamente verdosa.


En los primeros metros de nuestra segunda etapa, volvimos a tropezarnos con un algar, una extensa boca abierta en la roca, a la que un turista imprudente quiso asomarse buscando el agua en el fondo y fuera de los límites de protección, haciendo caso omiso a los gritos de "¡danger!" de Luz, que dejaba patente su preparación como psicóloga en situaciones de emergencia.



Continuamos el paseo, siguiendo siempre las señales con trazos rojos y amarrillos en palos de madera que en todo momento te van marcando el itinerario, y en la primera de las bajadas nos topamos con una grata sorpresa: un parque de meriendas con bancos de maderas rodeados de altos árboles.




No había duda, era el punto idóneo para nuestro primer descanso, para probar aquellas ricas naranjas compradas en la carretera y algunos frutos secos.



Allí, bajo la sombra, que se agradecía a pesar de marcar el calendario el 16 de enero, imaginamos las posibilidades que tenía aquel bonito lugar para un futuro picnic primaveral o veraniego escuchando el ruido de las olas cercanas.



Como fantasear no cuesta nada y aquel rincón era tan especial, nos figuramos a Lewis Carroll cambiando en su libro la orilla del río por la del mar, haciendo aparecer en este terreno lleno de madrigueras a su conejo blanco con chaleco y reloj y dejando caer a la misma Alicia hacia sus mundos por el hueco de algunas de aquellas rocas. Y tampoco era de extrañar, los paneles informativos ya anunciaban la existencia en estos lares de abundantes conejos o 'coelhos' si usamos el idioma del país vecino.



Como Alicia nosotros vivíamos a aquel día un paseo alucinante y lleno de sorpresas por la costa de Lagoa, un escenario perfecto para una historia maravillosa.


Abandonamos el merendero, montaña arriba, para alcanzar una nueva cima, sin perder de vista el faro, que se hacía cada vez más pequeño.


Ya en lo alto, la panorámica cambiaba según la orientación de la mirada. A nuestra derecha quedaba el paisaje silvestre de pinares y, a la izquierda, continuando el camino, empezaba a predominar un terreno más agreste, salpicado de arbustos entre las rocas y los fósiles marinos.




La obsesión de mi amigo José Antonio y Luz, su mujer, en aquel paseo era la de fotografiar un algar desde el que se viera el mar al fondo, un descubrimiento para ellos en aquella excursión. Y vaya si lo logramos, en el paraje donde se levanta sobre el agua el islote de los ladrones, el ‘Leixão de Ladrão’ encontramos ese gran algar.


Este es uno de los tramos con las vistas más espectaculares de todo el recorrido y para comprobarlo sólo tienes que sentarte en un mirador privilegiado del sendero, lleno de espectadores aquella luminosa mañana.



Desde aquí, a un lado tienes una gran gruta abierta en la roca por la erosión del mar, vigilada por un ejército de gaviotas, y, al otro, el islote de ‘Ladrão’ separado de la costa, como si se tratara de la última pieza con que completar el rompecabezas de este tramo de la costa algarvia.


  

Terminamos de atravesar el resort del Club Atlántico, bordeando los floridos jardines de sus casas casi en los límites mismos del acantilado, tanto que Mayo insistía en que el sendero no podía continuar por aquel estrecho filo; la impresión era que terminábamos cayendo al mar. Pero, claro, lógicamente no fue así.


Finalizamos el recorrido de la segunda etapa en una gran curva donde empezaba a asomarse la Praia  de Carvalho, esa que cuentan algunos era la finca privada de un capitán, que quiso adueñarse de este rincón del paraíso, al que le dio nombre. La verdad es que no he sido capaz de corroborar esta historia, pero me gusta creer que los lugares especiales tienen alguna que otra leyenda. 



A la playa puedes llegar también por la carretera desde Carvoeiro, buscando la entrada del Club Atlántico y desde aquí accediendo a pie o en coche por caminos de tierra hasta su curiosa entrada; algo que no te esperas, un estrecho túnel con una escalera en la piedra.





El pasadizo acaba en un hermoso arenal protegido por altas paredes esculpidas por la erosión, que, a juicio de mi hijo, sólo los valientes y habilidosos pueden escalar para asomarse desde sus huecos y ventanas al mar. Paredes que resguardan del viento la cala y propician una cálida temperatura todo el año. 





Allí estábamos nosotros aquella mañana de principios de enero en manga corta, acompañando a quienes tomaban el sol en bañador y José Antonio mojando las piernas en el mar y jugando con las olas.



La gruta de bajada a la playa tiene además una entrada a un balcón hacia el mar. Una especie de tribuna de preferencia frente al Atlántico para aquel capitán.




Desde el balcón sobresale el 'santo y seña' de la playa de Carvalho, ese gran 'obelisco' natural en medio del agua. 



Dicen que los obeliscos son monumentos de piedra que empiezan a utilizarse en el antiguo Egipto, considerados como un rayo petrificado de Atón, la deidad que representaba el sol y que alentaba la vida en la tierra. Y ese es precisamente el atractivo de esta playa; un aliento a la vida, a la buena vida.




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