Excursión a Pego do Inferno





El día de fiesta local en nuestro pueblo va a ser bautizado por Jaime, Lucia y Rafa como el de ‘descubrimientos de las cascadas’. El pasado año, aprovechando la fiesta, nos fuimos a la sierra de Loulé, a buscar el salto de agua de la aldea de Alte; y este año nos hemos puesto rumbo a Pego do Inferno en Tavira. Un lugar que conocimos hace muchos años, cuando Jaime no tenía edad para recordar, entonces estaba en su máximo verdor, pero poco tiempo después acabó teñido de negro por el fuego. Ahora, a pesar del estrago de las llamas, empieza recobrar su imagen original, aunque todavía queda mucho por reparar para que vuelva a ser aquel edén.

Nos lo estábamos temiendo y en nuestra última excursión lo constatamos, los secretos del Algarve son cada día más conocidos. Y en la mayoría de sus rincones recónditos y salvajes siempre acabas encontrando compañía. Así que aquella mañana de lunes, demasiado calurosa para estar en mayo, nuestro idílico lugar estaba sorprendentemente repleto de bañistas. Aún así, llegar hasta Pego do Inferno con aquellos niños entusiasmados e incluso poner en peligro nuestros tobillos en la bajada, mereció la pena.



Si sigues el borde del río Séqua desde Tavira dirección hacia el norte, por la carretera que bordea el margen izquierdo,  preciosa por cierto, acabas llegando, a unos 7 kilómetros, a una gran huerta de naranjos, en la que ni por asomo te puedes imaginar que, allí escondida, esté una de las mayores atracciones naturales de todo el territorio, conocida como Pego do Inferno.


La cascada y el lago se convirtieron en un destino tan frecuentado que la Cámara de Tavira arregló hace unos cinco años toda esta zona, con aparcamientos, senderos señalizados, puentes…Sin embargo, un fuego en el año 2012 arrasó la zona y la sequía acabó cortando aquella corriente de agua que desde las rocas surtía de agua, como si se tratase de un grifo para llenar aquel verdoso lago.


A pesar de que la zona está oficialmente cerrada, las peregrinaciones al lugar continúan atraídas por los ecos de su fama. En el último año el lugar ha resurgido de aquellas cenizas, que un día falta, haciendo caso a su nombre, lo convirtieron en un infierno. El agua ha vuelta a brotar, no obstante, las huellas del siniestro están patentes y el entorno carece de conservación alguna.



Sobrevive aún la zona de aparcamientos creada junto al naranjal y, poco más arriba, ya sin señalización, tienes que empezar a intuir el camino que te baja hacia la cascada y el lago, atravesando un trozo de valla destrozada.


A partir de aquí comienza un complicado descenso por un sendero creado por las pisadas de los visitantes, que bordea el puente que se construyó en su día para llegar a este oasis.


Por mera intuición y, atendiendo al sonido del agua al caer, acabas llegando hasta el lago y la cascada, una piscina natural de un intenso color esmeralda, a la que te quieres tirar, nada más verla. 


Fue llegar y Jaime, Rafa y Lucia ya estaban en el agua. Esperando además que unos amables visitantes argentinos le cedieran la liana con la que simular a Tarzán, lanzándose desde el aire al centro de la poza de agua, donde dicen que la profundidad llega a los 7 metros.



Mientras los mayores intentábamos encontrar un hueco en la orilla donde extender la toalla y montar nuestro campamento, ellos nos paraban de jugar debajo de la cascada. Un juego interrumpido por la presencia de una culebra de agua, que llenó todavía más de emoción aquella aventura. 


La culebra sirvió de pretexto para contarle a mi hijo y sus amigos que debajo de aquella agua verdosa cayó hace muchos años un carromato tirado por animales, que nunca llegaron a encontrar; por eso la leyenda situó en este lugar, debajo de esta laguna, la puerta del infierno. 


Pego do Inferno no es lo que era, pero tiene los mimbres para volver a ser uno de los más maravillosos parajes algarvios, por eso merece la pena el paseo.

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