La cascada y las fuentes de Alte




Viajar con mi hijo Jaime siempre es un reto; un desafío que se hace todavía más difícil si a la aventura se suman su amiga Lucía y su amigo Rafa. Jaime no se conforma con cualquier excursión, para él un viaje tiene que llevar implícito un hallazgo, por eso me obliga a superarme, a buscar lugares nuevos y maravillosos, a planear un día repleto de emociones con el que consiga no oírle decir 'me aburro'. Aquel día la sorpresa fue para ellos mayúscula, una gran cascada en el corazón de la sierra del Algarve, un oasis escondido en la aldea de Alte, al que puso la guinda una tarde baños en una piscina natural. Fue una gran excursión para un día sin cole, de esas que no se olvidan y se recuerdan con nostalgia cuando uno es mayor.


El municipio de Loulé está repleto de pintorescas aldeas salpicadas a los pies de la Sierra de Caldeirão, pequeños y carismáticos pueblos blancos en la montaña desde los que casi llegas a vislumbrar el Atlántico. Allí arriba el aire es más puro y también diferente; la vida se entiende con un ritmo más lento; los parajes naturales se salvan de las construcciones invasivas; las costumbres sobreviven a las modas absurdas y se impone el silencio, la paz y los sonidos del campo.


Así es la vida en la aldea de Alte, bautizada como la más típica y cultural del Algarve. Un pueblo a unos 27 kms de Loulé de estrechas calles de piedra, con un muestrario de preciosas chimeneas encima de sus tejados, rodeada de huertas y viñedos y con un pequeño río que la atraviesa desde la Fonte Grande a la cascada de la Queda do Vigário. Un vergel para la primavera y el verano que atrae hasta aquí cada día a más visitantes.


Era lógico que de esta tierra surgiera un poeta como Cândido Guerreiro, un escritor cautivado de su pueblo y del paisaje algarvio, al que se le recuerda con un museo en su aldea. El hombre que nació a los pies de cuatros montes, en un lugar de molinos, aguas y fuentes que le cantaban.


Hasta una de esas fuentes, la conocida como pequeña, llegamos nosotros una preciosa mañana soleada de primavera, sin saber muy bien que íbamos a encontrar, con la referencia de las bonitas fotos de un folleto turístico y un video de youtube sobre la cascada, con el que entretuvimos a los niños durante el trayecto y despertamos su emoción por aquel día.


Aparcamos junto a la ribera de Alte, donde las mujeres lavaban la ropa antiguamente y cuyas aguas están plagadas de grandes patos. Nada más bajarnos del coche, los niños ya se estaban poniendo los bañadores, ansiosos por encontrar la piscina natural de la que tanto le habíamos hablado.


El antiguo lavadero es hoy la fuente pequeña; un espacio realmente pintoresco, recubierto de piedras, lleno de merenderos para hacer un picnic o comer en el coqueto restaurante que lleva su nombre, bajo la sombra, oyendo el movimiento del agua pasar casi a los pies. Allí un ‘maio’ el muñeco típico algarvio con el que se recibe el mes de mayo, parecía estar dándonos la bienvenida al pueblo.



El lugar era muy bonito, pero la prioridad de los niños era la cascada, el ansia por conocerla no nos daba tregua ni para un breve paseo por la aldea, ni siquiera para pasear hasta la Fuente Grande, así que tomamos la decisión de no demorar más el hallazgo de aquel salto de agua.


La Queda do Vigário, como se llama la cascada, no está lejos del centro del pueblo, pero eso lo comprobamos más tarde. Como desconocíamos el lugar nos dirigimos en coche hasta el cementerio, donde, según habíamos leído, un sendero de pocos metros desembocaba en este enclave.


No fue fácil encontrar la cascada, en el parking trasero del cementerio; no encontramos ninguna indicación, ningún cartel, ningún coche, tan solo una gentil pareja francesa de caravanistas que desconocían su existencia. Jaime tomó la iniciativa y se adelantó camino abajo por un sendero que parecía rural y en pocos minutos ya estaba voz en grito anunciando el descubrimiento a sus amigos.


La Queda do Vigário es un paraíso, un regalo de la naturaleza, de esos que ya es difícil de encontrar. Un salto de 24 metros de altura, precedido de una gran alfombra verdosa, rodeada de higueras, flores silvestres, olivos, algarrobos…


Nada más llegar, los niños ya estaban dentro de aquella gran piscina de agua cristalina; intentaban saltar desde las piedras colindantes y se tumbaban en las piedras ubicadas más abajo del cauce para que la fuerza del agua al correr actuara como los chorros de un jacuzzi natural.


Más tarde supimos que en aquel paraje, tan similar al de un conocido anuncio de champú de mi infancia, tuvo algo que ver la mano del hombre. La de un noble que decidió a finales del siglo XVII desviar el anterior cauce del agua para conseguir este salto, imitando una cascada más pequeña que ya existía en la zona. Una buena obra hidráulica, si tenemos en cuenta los años que ha perdurado, sin que ni el cruel terremoto llegara a afectarla.


El agua era cálida y transparente y el lugar, solitario y delicioso para descansar bajo la sombra de los árboles, pero el hambre no perdona y cometimos el error de llegar hasta allí sin comida, así que no hubo más remedio que volver al cementerio. Esta vez, a través de un nuevo sendero que los niños habían descubierto bordeando la ladera y repleto de vegetación.


El almuerzo nos permitió pasear por las calles del pueblo, conocer su original mercado abierto hacia la carretera, entrar en las tiendas de artesanía tan típicas  y en el café regional y fotografiar as chimeneas y los detalles curiosos en la fisonomía de sus calles.





Almorzamos el plato del día, una rica feijoada en uno de los restaurantes del centro, casi en frente de la iglesia parroquial, la que según una leyenda otorgó el nombre a esta aldea, ya que mandó ser construida por una rica señora de la zona, tras una desavenencia con el cura de la iglesia de otra aldea cercana, Santa Margarida, que le impidió entrar en ella. Por ello, la señora enfadada edificó esta otra, en el lugar donde dio el 'alto' a su servicio para que allí mismo se levantara.


Después de comer convencimos a los niños para conocer la Fonte Grande y echar la siesta. La otra gran sorpresa del día.


A la Fonte Grande se llega por una carretera desde la Fonte Pequeña. La fuente es una gran piscina de agua natural atravesada por varios puentes, con muchos recovecos por donde discurre el agua fresca y en los que puedes mojar los pies o lanzarte al agua.



La zona tiene un restaurante para comer o tomar café en una gran terraza hacia la piscina; dispone de aparcamientos; de un escenario y gradas para actuaciones musicales; de un kiosco para aperitivos y comidas ligeras y de algunos espacios para tumbarse, comer, disfrutar del sueño o de la simple contemplación. 




Es como un gran piscina olímpica a la que los árboles y la sierra otorgan un microclima ideal para los días calurosos. Un piscina que les brindó unos divertidos ratos de baños y juegos. 




Aunque el lugar era y es precioso, y podíamos haber permanecido allí, mirando tan solo los árboles hasta el mismo anochecer, los niños no querían acabar aquel día sin volver a la cascada, incluso Rafa y Lucia plantearon quedarnos a dormir en una improvisada tienda de campaña. No tuvimos más remedio que volver a Queda do Vigário, no sin antes pasar por la pastelería más famosa del lugar, Agua Mel, en el centro del pueblo, frente al edificio de la freguesia.


La impaciencia por algo es difícil de controlar en los niños, hasta cuando hay hambre. Así, que, una vez dentro de la bonita pastelería, embobados con su vitrina de pasteles, sus productos artesanales y sus vistas de la sierra, decidieron que la merienda acabaría siendo un picnic de ricas tartas junto a la cascada. 



Amablemente la dueña de la pastelería nos preparó cafés para llevar, refrescos y dos cajas con un rico surtido de tartas caseras de chocolate, higo y hojaldres rellenos de peras y caramelo. 


Y, de nuevo, vuelta al sendero junto al cementerio, hacia la cascada para darnos los últimos baños del día y merendar en aquella pradera verde, en la que ahora si encontramos algún que otro visitante.


Les costó despedirse de un lugar maravilloso, pero les queda el recuerdo de una gran día y unas ganas locas de volver a este pequeño paraíso, igual que a los mayores. 


5 comentarios:

  1. Hola! Muchas gracias por darnos a conocer estos sitios tan interesantes del algarve en vuestro blog. Nosotros venimos mucho por aquí y nos encanta saber que hay más sitios por descubrir. Respecto a actividades para hacer con niños, no sé si conoces la actividad de geocaching. Consiste en buscar una especie de tesoros que la gente esconde en determinados sitios dejando solo las coordenadas gps en la página web. Creo que para niños es una actividad fantástica.

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  2. Buenas, muchas gracias por darnos ha conocer es tos lugares de Portugal vamos muchos, podrías decirme como llegar a la cascada y si se puede llegar en coche, un saludo y seguir disfrutando de estos parajes, un abrazo

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    1. Claro! Para llegar a Alte puedes hacerlo desde una carretera que sale de Loulé, a la izquierda antes de llegar al mercado. Cuando llegue a Alte, hacia la derecha están las FONTE y hacia la izquierda, señalizada está la Cascada. Aparca en la parte trasera del cementerio y sale un sendero hacia abajo (tiene una valla para impedir entrada de coches); está a cris minutos andando

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  3. Hace tiempo que sigo vuestro blog, y hoy me animo a escribiros para agradeceros que me hayáis descubierto esta maravilla. He visitado Alte a la vuelta de un viaje por la costa vicentina, y me ha encantado. La cascada nos dijeron que estaba seca (15 de agosto de un verano particularmente caluroso...), pero volveré en unos meses :) Gracias!!!!

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