A la isla de Tavira



A principios de este verano descubrimos que Jaime todavía no conocía la isla de Tavira. Para mi hijo la ciudad de Tavira bien podría ser como su segunda o tercera casa; él es capaz de guiarte por sus calles; de asesorarte sobre los mejores helados artesanales de Delizia, de describirte las playas de Cabanas, Terra Estreita o Barril; de acompañarte a buscar espárragos por Santo Estêvão o Santa Catarina; o de aconsejarte sobre las compras en su mercado. Sin embargo, nunca nos había acompañado a la isla. Era una conquista pendiente, así que, nada más comenzar las vacaciones, lo acompañamos a descubrirla, eso sí con el aliciente añadido de la reciente apertura del Aqua Fun, un divertido parque acuático flotando en el océano. El viaje nos sirvió además para rememorar nuestro primer encuentro con Tavira y el paso por Quinta do Caracol


Quizá para los españoles lo más conocido de Tavira sea su isla y, precisamente por ello, este lugar que durante años fue casi un paraíso desconocido se convierte en la época de verano en uno de los enclaves algarvios más frecuentados, donde el castellano acaba oyéndose más que el portugués. Pero, la playa, por su particular belleza natural, merece la visita. 


Camino de Tavira aquel día, recordábamos cómo y cuando fue la primera vez que supimos de este pintoresco lugar. Nos acordamos entonces que el encuentro lo propició hace muchos años una de las revista de decoración de la abuela, donde la modelo Naty Abascal desvelaba sus escondites de vacaciones en la Ría Formosa, y especialmente su vinculación sentimental con Tavira. Aquella revista fue una de nuestras primeras guías de viaje por el Algarve que conservamos mucho tiempo en casa. 


Seguimos uno a uno los consejos de la modelo en esas páginas y visitamos Barril, el mercado de Olhão, los bares de Santa Luzia, la isla  de Tarvira y hasta el hotel Quinta do Caracol, el escondite secreto de la famosa en tierras lusas. 


La verdad es que este pequeño hotel, a las afueras de Tavira dirección a Santa Luzia, es uno de los alojamientos más singulares y encantadores de todo el Algarve, en la misma medida que una de sus propietarias, Guida Viegas, que durante nuestra estancia nos colmó de atenciones y simpatía.


Guida también guardaba la revista de Naty, reportaje que le llevado muchos clientes como nosotros, solicitándoles la habitación 'Amor Perfeito', donde la modelo vivió su particular historia de amor. 



Quinta do Caracol es una antigua hacienda agrícola de la familia de sus propietarias, que se remonta al siglo XVII y que su padre reconvirtió en un pintoresco hotel, en donde las caballerizas o los viejos almacenes acabaron siendo confortables apartamentos, decorados al estilo rústico portugués. Los azulejos, las cerámicas, las alfombras, la cestas, el encalado de las paredes o el uso del azul y el blanco en la pintura nos recuerda en que país que nos encontramos. 


Pero, lo más cautivador de Quinta do Caracol es su jardín en torno a una gran alberca, en el que su propietario, según los recuerdos de su propia hija, era el anfitrión de grandes  y sonadas fiestas. 


El jardín se puebla de árboles, grandes arbustos, numerosas flores y aromáticas plantas que dan nombre a los nueve apartamentos y que conforman agradables espacios de sombra para un rico desayuno o un aperitivo con el que despedir el día. 


Quinta do Caracol es uno de esos hoteles que acaba marcando el recuerdo de unas vacaciones bonitas y distintas.


El viaje hasta Tavira lo pasamos evocando aquellos primeros viajes de descubrimiento de esta ciudad y, casi sin darnos cuenta, llegamos a Quatro Águas, uno de los puntos de embarque para coger el barco hasta la isla. La travesía también la puedes hacer embarcado junto al Mercado da Ribera, en el centro.


En Quatro Águas, un espacio que ha sido reformado recientemente y que alberga algunos restaurantes, puedes dejar el coche, con suerte, en una zona gratuita de aparcamientos antes de puerto deportivo y, sin ella, en un parking de pago situado más adelante.


Desde aquí tienes una servicio regular de ferry hacia la isla desde la 8.00 hasta las 24.00 horas, con intervalos prácticamente de 35 minutos. Aunque también tienes taxis acuáticos, si prefieres ir a tu aire. Y el billete, ida y vuelta, para adultos es de 1,50 euros y 0,90 para los niños.


Cuando vienes aquí, lo bueno ya empieza en el inicio mismo del camino, montarte en el barco para cruzar a la isla es una bonita experiencia: divertida para los niños y muy grata para quienes disfrutan de la naturaleza en estado puro. 


La desembocadura del río Gilão en el Atlántico, atravesando la Ría Formosa, y con la ciudad de Tavira al fondo es uno de esos paisajes que te emboban, del que ninguna cámara fotográfica  dará nunca cuenta fiel de su hermosura, ni menos aún del sentimiento que provocan.


La llegada a la isla de Tavira, como a cualquier otra la Ría Formosa, es un momento de animación. Los puertos están llenos de vida, de trasiego, de bañistas, de hábiles saltadores desde el muelle...




Desde el embarcadero hasta el mar hay un corto y agradable paseo entre pinares, donde se esconden algunas casas, en las que Jaime puso su interés por saber si podríamos alquilar para venir en verano.




La isla de Tavira es la más turística de la Ría Formosa, pero no por eso deja de perder su poder de seducción. Cuenta con un camping, numerosos restaurantes, chiringuitos, zonas deportivas...y para muchos 'probablemente la mejor playa del mundo'.


Junto a la zona de pinares se alinean los numerosos restaurantes, compitiendo con sus ofertas de parrilladas de pescado y mariscos asados o arroz de marisco. Y entre estos y la playa, un extenso arenal se reserva como área deportiva. 






La playa de Tavira en plena época estival está especialmente concurrida junto a las sombrillas, pero como en casi todas las islas de la Ría Formosa, sólo hay que dar un corto paseo dirección hacia el oeste, a Terra Estreita, para encontrar la soledad. 


Aquel día el paseo tuvo que esperar, no podíamos frenar la impaciencia de Jaime por saltar de aquel castillo de goma sobre el mar. Lo primero era lo primero, disfrutar de aquella atracción en el agua, luego ya habría tiempo para la excursión hacia la zona más solitaria de la isla. 



Colocamos las toallas frente al Aqua Fun y mi hijo se empeñó a toda prisa en formar parte de una expedición de un grupo de escolares portugueses que se preparaban para ir nadando hasta aquel castillo. 




Rápidamente Jaime se unió al grupo. Con su chaleco salvavidas, agarrado a una gran cuerda y el apoyo de los monitores llegó hasta el castillo.  


Jaime tenía 50 minutos, por una tarifa de 6 euros, para probar todas las atracciones de aquel parque acuático, al que ya amenaza con volver junto con sus amigos del cole, después de haberlo probado.




Satisfecha su necesidad de adrenalina, llegó entonces el momento del paseo, de disfrutar del baño en aquellas aguas cristalinas y de explorar todos los curiosos rincones de aquella isla. 





Jaime ya conoce la isla de Tavira, aunque él aseguraba en el viaje de vuelta a Quatro Águas que alguna vez estuvo aquí antes, quizá sea porque guarde un estrecho parecido con algunos de los maravillosos parajes que imagina en sus sueños.






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