Playa de Centeanes




¡Por fin lo hicimos! Aunque había habido varios intentos, nunca terminábamos cumpliendo con aquel reto: recorrer  al completo el Sendero de los 7 VALES SUSPENSOS. El paseo de unos 5 kilómetros, solo ida, es un auténtico espectáculo sobre el mar Atlántico, ¡único! No se trata de volar, pero la sensación es muy parecida cuando recorres el filo de esos altos acantilados a cuyos pies quedan escondidas las grutas y calas más maravillosas del Algarve: Marinha, Benagil, Carvalho y Centeanes. ¡No te lo puedes perder!



No sé si existe un ranking de las maravillas del Algarve, pero si lo hay o a alguien se le ocurre hacerlo, tiene que incluir este paseo en uno de los primeros puestos, pocos lugares en la costa de la vieja Iberia presumen de esta belleza natural. 


El sendero de los Sete Vales Suspensos es una ruta de 11,4 kilómetros de ida y vuelta,  que une la playa de Marinha con la de Centeanes, o viceversa, a través del filo de los acantilados.



Un recorrido calificado de dificultad media, dividido en varios tramos y, por tanto, con otras entradas de acceso para incorporarte a la ruta en medio del trayecto, concretamente, en el Cabo de Carvoeiro, en la playa de Carvalho o en Benagil.


Días después de recorrer los 1.500 primeros metros del sendero de los 7 Vales Suspensos con una fina lluvia invernal desde la playa de Centeanes hasta el cabo de Carvoerio, nos propusimos reiniciar y finalizar la aventura sin la amenaza de la tormenta y con la compañía de un sol brillante.


Aquella excursión prometía desde el principio por la buena compañía de cuatro entrañables y divertidos amigos que, con su singularidad, llenaron de anécdotas muy divertidas el camino. 

No demasiado temprano para una mañana de sábado, sobre las 11.30 horas, ya estábamos a la orilla del mar, en la cala de Centeanes, eso sí después de haber hecho una parada para comprar pan casero y naranjas algarvias. ¡Nunca se sabe donde te puede pillar el hambre!



El sendero en Centeanes comienza junto a su playa, una cala maravillosa con zona de aparcamientos y un restaurante abierto en verano, cuando se llena de bañistas. Aquel día  el lugar era un maravilloso desierto.



El inicio del trayecto está junto a una larga escalera, en la que encuentras un panel con toda la información del itinerario: ruta, altitud, puntos de interés, miradores, acceso, zonas de descanso...



El primer tramo de escalera, un gran reto para quien no esté algo entrenado en estas labores, te hace subir más de 30 metros al punto más alto de todo el camino; un mirador de  45,5 metros sobre el nivel del mar, desde el que se divisa toda la costa del barlovento algarvio, de Lagoa, Portimão y Lagos.



Mientras recorríamos los primeros metros embobados por el paisaje, nos retábamos a averiguar cuál era el punto más lejano hasta el que nos alcanzaba la vista a cada uno. 



Alguno aseguraba divisar desde allí mismo el principio de la Costa Vicentina, tras las preciosas playas de Lagos.



Cuando estás en la cima del sendero, imaginas que puedes tocar el cielo solo con saltar, mientras a tu pies quedan hondos precipicios bañados por un mar intensamente verdoso, que intenta subir hacia arriba por los 'algares'.



En el transcurso del sendero te vas a encontrar muchos de estos 'algares', grandes huecos verticales, como chimeneas creadas en las rocas por los efectos del agua, por los que algunas veces sube furiosa el agua del mar.


Después de tratar sin éxito de ver el mar en nuestro primer encuentro con un algar, comenzamos la primera bajada hacia el rincón donde se esconde el hotel Rocha Brava y en el que te vas a topar con uno de los más preciosos miradores del camino. Un banco en el que podría estar sentada el día entero. 




Desde aquí comienza una de las bajadas más 'arriesgadas' hacia un desfiladero, donde un puente encauza una nueva subida por un estrecho camino, en el que la vegetación nos recordaba mucho a la del barrocal algarvio y a la de nuestra sierra cordobesa con palmitos, lentisco y enebro entre los pinares. Arbustos entre rocas, donde quedan patentes las huellas del paso del mar. 




Volvíamos a estar otra vez cerca del cielo, a 35 metros de altitud. Entonces ya teníamos completado uno de los 5,4 kilómetros de ida, en un tramo que nos llevó algo más de media hora y donde hubo tiempo de fotos y hasta de alguna llamada de teléfono para compartir el momento. 


Ahora nos tocaba llegar hasta el cabo de Carvoeiro, a medio kilómetro de distancia, donde está el Faro de Alfanzina, construido en 1920 y que da luz a los barcos hasta 29 millas. 


Un tramo recto sin mucha dificultad al borde del acantilado, en el que compartimos experiencias con una expedición francesa que hacía la ruta en sentido inverso.


Casi sin darnos cuenta ya estábamos en la puerta del Faro. Ahora tocaba empezar nuestro segundo trayecto hacia la playa de Carvalho, al que se sumaban desde aquí nuevos caminantes. Seguirá...




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