La Isla Desierta del Algarve




Siempre he pensado que las islas desiertas eran cosa de la inventiva de Daniel Defoe o del dinero de los Onassis; por esto último, no me extrañó que hace unos meses un periódico regional publicara que Cristiano Ronaldo había comprado la Ilha Deserta en la Ría Formosa, claro que la noticia apareció el 1 de abril, el Día de las Bromas en Portugal. Lo cierto es que las islas desiertas existen, que 'haberlas, haylas', y una de ellas está en el Algarve. Una travesía regular en barco de 45 minutos desde Faro te acerca a un paraíso al alcance de cualquiera y a la altura de tu imaginación.



Si hay un lugar que no deja de sorprenderme en el Algarve es la Ría Formosa, ese laberinto de canales, de islas, de barreras de arena, que conforman un universo único en la Península Ibérica.


Yo tengo una especial adicción por las 'islas' de este paraje natural, destinos en los que, nada más desembarcar, se perciben las cosas de una manera diferente, quizá contagiado por el sosiego de la propia naturaleza y el lento discurrir de la vida en ellas. 


El verano para mi familia está plagado de 'carreiras' a las islas, pero en ese trasiego estival de idas y venidas durante años se nos quedó pendiente la visita a la Isla de Barreta, esa que por aquí han bautizado como desierta, porque las únicas construcciones levantadas son un exclusivo restaurante y cuatro pintorescas casetas de maderas destinadas a los aperos de pescadores. 


Por eso, este año dejé claro en mi casa que ya no había más demora para visitar el último rincón de la Ría Formosa que nos quedaba pendiente de conocer. El reto era bien sencillo, no necesitábamos ni de aviones, ni de un viaje al Caribe o al Pacífico, tan sólo tomar uno de los barcos que la empresa Animaris pone a tu disposición para un crucero hacia la isla desde la ciudad de Faro.


Nosotros elegimos, para esta primera ocasión el viaje más simple y económico hacia la isla de 10 euros ida y vuelta, el que realiza el ferry 'Praia das Conchas', reconocible por su estampado cebra en colores azules.


La experiencia empieza a ser especial en el mismo puerto de embarque situado en una de las puertas de las murallas de la Vila Adentro, bautizada como 'Porta do Mar', donde para subirte al barco tienes que atravesar las vías de un tren que discurre por la ciudad a la misma orilla del agua, con una panorámica única.


El viaje, sobre todo si consigues asiento en la parte trasera y exterior del barco, es una gozada. No puedes perder detalle de las vistas de la parte más antigua de la ciudad que cada vez se va a haciendo más pequeña; ni del curioso camino que sigue el ferry entre los estrechos bancos de arena con señales de tráfico incluida; ni de la panorámica de la isla de Farol en el fondo con su alto faro, el que alumbra todo el barrocal por la noche. 


Poco antes de desembarcar, la ría empieza además a animarse con motos de aguas y barcos de recreo anclados en la orilla de la isla que mira hacia la Ría Formosa, en los que algunos encuentran una gran piscina para disfrutar del baño, para hacer snorkel o incluso para capturar deliciosos mariscos.



El barco te deja en la isla pocos metros antes de la salida al mar abierto, en la Barra Nova, un canal que separa las islas de Farol y Barreta.



Nada más bajarte te encuentras con un camino de madera que llega al restaurante Estaminé también de la empresa Animaris. Un local de lujo en todos los sentidos, con grandes ventanas hacia el Atlántico y la Ría Formosa, con una barbacoa siempre caliente para asar los pescados frescos, con un bar en el que picar algo o refrescarte con una cerveza. Aunque eso sí, el lujo se paga algo más caro que al otro lado de la Ría Formosa.


Estás en una isla desierta, pero en la parte más oriental no faltan servicios para que no te sientas un náufrago y junto al restaurante tienes sombrillas, hamacas o duchas. El montaje acrecienta más la sensación de privilegio.


No muy lejos del embarcadero, están las cuatros emblemáticas casas de maderas para los pescadores y junto a ellas parte un sendero de madera que recorre la isla desde el lado de la ría hasta el Cabo de Santa María, el punto más al sur de Portugal.


El sendero parece estar suspendido sobre las dunas plagadas de una olorosa vegetación y siguiendo la larga pasarela de madera, que con la marea alta queda a ras del agua, puedes disfrutar de un silencioso y solitario paseo.



El camino termina con una estrafalaria señalización de palos, maderas y otros artículos reciclados que se ha convertido en santo y seña de esta isla. Es el punto cero, o el único monumento de esta isla, que marca el Cabo de Santa María y la distancia kilométrica desde aquí a distintos lugares del mundo.


A su derecha tienes una de las pocas playas nudistas oficiales del Algarve, a la que sólo llegan muy pocos, y hacia la izquierda una extensa y maravillosa playa que termina en el espigón de Barra Nova, cerca del restaurante.




Este es el mapa de la isla, no vas a encontrarte con nada más, ni tampoco lo necesitas para concentrar tu tiempo en mirar las plantas y olerlas; en ver salir y entrar cangrejos; en seleccionar las conchas más bonitas que te vas a llevar de recuerdo; o en intentar entender el lenguaje de los pájaros, en un marco privilegiado para su observación.


Tampoco te vas a aburrir y hasta te faltará tiempo para entrar y salir de un agua  turquesa en algunos tramos y esmeralda en otros; transparente, tanto, que deja ver los detalles más minúsculos de su fondo. 












Isla Deserta, como casi todas las cosas bonitas del Algarve, tiene detrás una leyenda que cuenta que este precioso rincón fue fruto del castigo de Alá a los caballeros cristianos por la conquista de Al Gharb y el enamoramiento de las princesas moras. El dios acabó convirtiendo a ellas en dunas doradas y a ellos en agua de mar, conformado unas islas de oro, donde los rayos del sol son más dulces y brillantes que en cualquier otro lado, donde la arena y el mar están en un continuo abrazó, demostrando el amor de los hechizados.


El castigo de Alá se transformó en uno de los parajes más hermosos y sencillos de Europa. Un destino que inyecta optimismo y ganas de vivir y del que cuesta despedirse cuando el sol empieza a bajar.


Nadie como la naturaleza es capaz de conseguir esta armonía y quien no pueda conectar con este paraíso, debe estar falto de sensibilidad.




Dicen que soñar con una isla desierta sugiere el fin de tus problemas; no sé si será acertada tal predicción, pero desde luego aquí se olvidan. Isla Deserta lo tiene todo, sin tener nada.

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